19 años
Desde su tejado en el barrio Ciudad Equidad, Santa Marta
La conocimos en los talleres de periodismo que El Observador realizó en Ciénaga. Desde su casa -en este barrio de muchos y de nadie- esta lectora incansable y escritora de 14 libros nos cuenta cómo sobrelleva la ansiedad gracias a la literatura y a conversaciones de tejado con vecinos que también se están aburriendo.
LAS CUATRO PAREDES Y EL GIGANTE AZUL
Los dientes tiemblan como cascabeles mientras combaten con mi uña del dedo pulgar derecho. Mi estómago se retuerce. Tengo ganas de vomitar. Tengo ganas de correr. Debo calmarme. Necesito aire. Necesito salir de la casa ¡No puedo más!
El televisor me aturde. Observo las bocas de los presentadores, no sé qué dicen, solo son ruidos a mi alrededor. Los comentarios de mis padres. Los gritos de los niños en la calle. Los presentadores y sus informaciones de las muertes en todo el mundo.
Muertes. Pandemia. Más muertes. Cuarentena.
Necesito aire. No puedo salir. Necesito calmarme. Mi respiración. Mi estómago. Mi mente ¡Necesito calmarme!
Subo las escaleras, entro a mi habitación, cierro la puerta y la ventana que da a la calle. Ahora todo es bullicio: uno, dos, tres; todo estará bien. Uno, dos, tres: tranquila. Respiro hondo desde mi diafragma: uno, dos, tres; todo estará bien, estás a salvo.
Mi pulso vuelve a retomar su tranquilidad. Ya no hay tormento. Tampoco pensamientos catastróficos. He vuelto a mi realidad.
Eso es lo que sucede en mi mente a veces, es como si un gigante me tomara en sus manos y me estremeciera sin parar. Esta es mi guerra en las cuatro paredes de mi casa en Ciudad Equidad, en la ciudad de Santa Marta. Aquí, en la esquina de mi hermoso país Colombia que en este momento está en cuarentena. Desde aquí peleo mi lucha contra el gigante azul, la ansiedad.
Siete y media de la mañana: despertar, bajar las escaleras para ir al baño, cepillar mis dientes, lavar mi cara. Mientras hago todo esto escucho las noticias, dicen que en total ya hay más de cuatrocientos setenta y dos mil muertos. Mi madre está asustada, hace comentarios al respecto. Todo el día el televisor en la pequeña sala de mi casa está encendido, a mis padres les gusta estar al día sobre lo que sucede en el mundo con la pandemia del COVID-19, algo contraproducente para una persona que sufre de ansiedad como yo.
Después de desayunar, subo a mi cuarto y enciendo mi laptop y todo desaparece, se abre una puerta a otro mundo: la literatura. Libros que cuentan una historia de amor, clases sobre gramática y redacción. Mi mundo y mi razón de ser. Mi medicina para la ansiedad.
A veces subo al techo de mi casa, es mi pequeño refugio en este barrio tan inmenso, también se podría decir que es mi lugar secreto de la casa. Puedo ver los techos de los otros hogares, mis únicos acompañantes: los tanques elevados de más de quinientos litros, a veces veo caminar a los gatos y uno que otro me mira diciendo “¿qué haces aquí? el lugar de los humanos es abajo” pero yo le respondo “tranquilo, sólo vengo a leer un libro y a despejar la mente como tú”.
Esto lo hago cuando es de tarde, porque al mediodía es imposible vivir en ese tejado, ya que el cielo vomita su calor más agobiante y el techo se vuelve un horno crematorio. Pero cuando el reloj marca las cuatro y media, preparo una limonada y la envaso en un pote verde (tiene que ser ese, porque me gusta su tapa, ya que la puedo usar como pocillo), tomo el libro de Eduardo Sacheri “La noche de Usina” y paso todo al techo por medio de la puertecita de la ventana, eso es lo que me gusta de las casas de Ciudad Equidad, que tienen esas puertecitas por donde puedo pasar y recostarme en el techo. Uso el motor del aire acondicionado como mesa para colocar el termo y a veces mi laptop y me transporto a otro lado del mundo, a Argentina por ejemplo, ahí puedo pasar una gran aventura al lado de un grupo de viejos:
El cielo continúa negro y vomitando agua. Siguen dejando atrás más y más autos. Fontana está tan empapado que ya no siente la mojadura. Baja la vista hacia Belaúnde. Se le nota que disfruta como loco eso de que su catramina sobrepase a ese montón de autos nuevos.
-
- ¿Vas bien, Belaúnde? —pregunta, y el otro alza hacia él los ojos eléctricos, la expresión triunfante.
- Perfecto, Fontana. ¡Pole position!
- Ojo adelante que tenemos un auto azul. ¿Lo ves?
- Lo veo compañero. Lo veo.
Cuando puedo observar el cielo azul y despejado, sentir la brisa costera pegar en mi rostro, siento que mi mente puede descansar ¡qué delicia es sentirme así!, lo mejor, esto solo lo consigo cuando leo libros, bueno, también cuando puedo escribir los míos. Aunque, debo aceptar que el tejado es muy bueno y más cuando de fondo escucho un vallenato o esa champeta vieja que suena en la esquina.
Desde que tengo doce años he escrito libros, catorce hasta el momento, y espero que siga subiendo la cifra. En el momento soy una adolescente de diecinueve años y estudio gramática y ortografía. Dentro de poco comenzaré clases en la Universidad del Magdalena en licenciatura en lengua castellana con énfasis en literatura y estoy creando la publicidad para mi plataforma literaria llamada Macóndika en la que he trabajado por todo un año, ¡ya está lista, saldrá a la luz!
Pero mis planes se sentaron a descansar, el país entró en cuarentena. Reunión con la agencia de publicidad: aplazada. Proceso de admisión para entrar a estudiar literatura: espere a que pase cuarentena. Salir a hacer ejercicio: quédese en casa, no puede salir.
Cuatro paredes, es lo que veo todo el día, cuatro paredes. Ahora debo pensar cómo soportar esta cuarentena.
Por el momento tengo este tejado y el hermoso atardecer que se pinta en el cielo, pero eso solo dura unas cuantas horas. Debo entrar por la puertecita de vidrio de la ventana cuando cae la noche y volver a mis cuatro paredes.
***
Siete de la mañana: levantarme, bajar, lavarme los dientes mientras escucho de fondo las noticias, caminar hasta el comedor mientras mi madre me sirve en un plato la yuca cocida con los huevos revueltos. Dejo salir un suspiro; un nuevo día comenzó, pero lo siento como si fuera un extra de un libro de novela negra. Debo aceptarlo, esto no es fácil.
Escribir capítulos de mis libros, leer comentarios en Booknet “actualiza, actualiza”. Por la tarde hacer el ejercicio que muestra el canal GymVirtual; buena estrategia para vencer la ansiedad, pero ese dolor en las piernas no es nada lindo, la entrenadora comenta “¡vamos, una más, aguanta!”.
En algún momento del día sucede, estoy sentada frente al computador y me dan ganas de gritar, salir corriendo de la casa porque soy de las que el encierro les hace daño, las deprime ¡necesito salir, me voy a volver loca!
Pero ahí está mi hermana “vamos a ver una película”, me dice. Una buena sugerencia, porque me relajo en la cama y el tiempo corre y no me doy cuenta.
Así han pasado las semanas, he creado esta rutina diaria. Veo a mis padres sentados en la sala, me siento a su lado y converso con ellos de la situación, mi hermana en ocasiones también lo hace.
Cuando mi madre se distrae, robo unos limones y preparo la limonada (no sé cómo hace mi papá, dicen que no se pueden encontrar los limones, pero él trajo todo un saquito). Salgo al tejado y me recuesto en la pared de la ventana a observar el atardecer. Entonces ahí mi mente descansa mientras veo a dos gatos caminar por la hilera de los techos mientras un grupo de pájaros atraviesa el cielo salmón: tranquilidad.
En las noches mi madre entra a nuestro cuarto y se ríe mientras me ve hacer ejercicio, entonces decide quedarse un rato y se acuesta al lado de mi hermana y las dos me dicen que haga los ejercicios bien, que no estoy estirando bien las piernas. Entre comentarios y risas se pasa un buen momento. Yo me ejercito y mi estado anímico mejora: no estoy sola, tengo a mi familia.
En ocasiones mi celular suena, una llamada está entrando. Profesores, amigos, todos se acuerdan de mí y deciden llamarme, “¿cómo estás?, recomiéndame un libro tuyo para leer, ¿estás escribiendo? ¿ya te recuperaste de la gripa? Te oí toser la semana pasada cuando nos vimos”. Esas llamadas me hacen sentir bien, así que también llamo a mis amigos, a mis otros profesores, a esa persona que está en Argentina, la amiga escritora en México, Perú, España, Ecuador, y que, aunque nunca los he visto en persona, los quiero, quiero que esté bien y que recuerden que hay personas que piensan en ellos y en su bienestar. Todos, hay que acordarse de todos. No es fácil, para nadie es fácil y necesitamos darnos un apoyo.
A veces, cuando estoy sentada en el tejado, mi vecino de al lado que tiene mi misma edad se asoma por su ventana y me observa.
- ¿Otra vez ahí? —pregunta sonriendo.
- Ven, hablemos un rato —le sugiero.
Entonces él pasa dos sillas a su techo de concreto, ahí nos sentamos a ver el atardecer. Yo le paso un poco de limonada y él la toma de un trago porque lo he hecho en el pequeño pocillo-tapa.
- Juro que un día voy a viajar por todo el mundo —le comento mientras observo los muchos tejados.
- ¿A qué países? —pregunta.
- Argentina, España, también Perú —comienzo a enumerar mientras sirvo más limonada—. Primero iré a esos países, ya tengo a dónde llegar, tengo amigos escritores allí, voy a ir a visitarlos.
- Yo quiero ir a Canadá —me comenta.
- Debes leer esta novela —le muestro el libro que tengo en las piernas—, está buenísima.
- Muestra —lo toma y comienza a hojearlo—, ¿de qué trata?
Gracias a esas personas, las que me rodean, a veces se me olvida que sufro de ansiedad, ellos me recuerdan que todo estará bien. Gracias a que viajo a esos mundos de los libros puedo distraerme, hacer que el tiempo pase rápido y sea gratificante. Gracias a que hago ejercicio, mi cuerpo me agradece que pueda botar el estrés acumulado.
Entonces, cuando cierro los ojos y me acurruco en las tibias sábanas de mi cama me siento aliviada, porque sé que esto es pasajero. Un día más he vencido al gigante azul y sé que el siguiente día será igual. Todo estará bien.


