30 años
Desde un quinto piso con vista al parque El Virrey.
Su próximo proyecto nacerá de un ejercicio epistolar con la escritora Leila Guerriero. Es editor del Portal HablaElBalón y antes de eso, lo cual nos enorgullece, fue editor de El Observador en su edición impresa. Entre tanto, escribe su diario de la pandemia refugiado en la literatura y su familia, angustiado por un país sin dolientes al que no le alcanza un virus para reconocerse.
DÍA 1
Todos nos vamos a infectar.
El virus se hospedará en millones de pulmones y gargantas. El colapso se siente en el aire, en el silencio inverosímil de esta Bogotá disciplinada y muda, en cada declaración temblorosa y torpe de nuestro tembloroso y torpe presidente Duque; lo dicen los pájaros (que ahora se oyen como nunca antes): todos nos vamos a enfermar.
Y sin embargo seguimos con nuestra rutina de encierro. Pacientes. Cocinamos despacio, lavamos despacio, leemos despacio, hablamos despacio, pensamos despacio, comemos despacio, volvemos a lavar.
A la noche, hartos ya de noticias y reportes, en La Biblioteca nos esperan Borges y su Aleph; García Márquez con sus cuentos peregrinos; Roberto Bolaño con sus putas y sus detectives y sus malandros que roban libros; Mutis y su Gaviero; Carolina Sanín, Symbroska, Claudia Morales…. y tenemos tiempo y la ciudad confabula para que podamos leer… así que por ahora, tras ocho días de encierro, como dice Bad Bunny: ¡Estamos bien!
DÍA 2
Noveno día de encierro obligatorio.
Hoy cumplió años mi hermana.
Afuera, el parque soleado, el cielo tan azul, nos tentó a incumplir la orden y salir del encierro.
A tomar vino bajo el sol mientras, allá lejos, el mundo seguía empeñado en sitiar a ese “monstruo que no se ve”. Quisimos, pues, desoír la paranoia, disfrazarnos de cuerpos inmunes, ser los únicos dueños del parque que da contra nuestra casa. Adueñárnoslo, como aristócratas rusos del siglo XIX, o como si nuestros apellidos fueran Uribe Vélez.
Pero no. La realidad se impuso sobre el anhelo y la “conciencia colectiva”, esa que por estos días flota en el espacio, ganó la partida. Así que hicimos el ritual de cumpleaños con la misma pinta de los últimos nueve días: en pantaloneta y en chanclas, sin maquillaje, sin la urgencia de “verse bien”.
Llegó la noche y con ella el silencio profundo de estos días de encierro. Ese que avisa que algo grave está pasando, pero que a la vez obliga a respirar, a mirar pal techo, a hablar entre nosotros y añorar a todos esos que no pueden estar.
No sé ella, pero a mí me gustaría cumplir años así. En pantaloneta y en chanclas, con todo pausado, sin imposturas ni afán.
DÍA 3
Décimo día de encierro obligatorio.
El día había transcurrido tranquilo, sereno.
En la mañana el teletrabajo por fin dio frutos y logré ser eficaz viéndome la cara con mis socios a través de un pantalla.
Luego cociné unas lentejas que me quedaron casi perfectas y durante el almuerzo me enteré de que años atrás, en Ibagué, mi mamá asistió a una fiesta dionisíaca junto a Chavela Vargas. ¡Chavela Vargas, mamá!
Al final de la tarde hice yoga con la mente serena y agradecí de nuevo este silencio primordial que se traga a la Bogotá que hace dos semanas se consumía en su frenesí–silencio que una vez pase este temblor cósmico no volveremos a disfrutar ni en los sueños.
Así que había sido un día tranquilo, decía, hasta que en la noche, en el club de lectura que establecimos con amigos y familiares todos los martes y jueves al final de la jornada, al encargado del día le dio por leer dos cuentos de Juan Rulfo. Acuérdate y ¡Diles que no me maten! (léanlos bajo su propia responsabilidad).
Al terminar de leer a Rulfo, ese escritor contrariado, grave, al que le bastaron dos obras para hacerse inmortal, volví abruptamente del paréntesis tranquilo, ilusorio, que han sido estos días de encierro. La realidad me escupió en la cara y no pude sino reconocer que esa violencia antigua que escribió Rulfo, que manchó de sangre nuestro continente, desplazó a millones y nos impusó a la orfandad, sigue pasando ahora. En México y en Colombia y en Brasil y en Argentina. En el continente entero.
Que este país nuestro que hoy parece unido y solidario sigue siendo ese territorio de nadie, sin Dios ni ley, en el que nos matamos por deporte. Que acá siguen mandando los mismos, cincuenta años después. Que parecemos condenados a vivir en un círculo.
Y eso que los contadores de historias dicen que la realidad supera a la ficción…


