IsavelaRobles

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19 años
Desde un rincón de su cuarto, huyendo de un gorila.

EL GORILA Y LOS ENANOS

(parte 1)

Una vez un profesor me preguntó cómo se debía enfrentar a un gorila, yo no supe qué responderle porque estaba muy confundida y no entendía la razón por la cual me estaba preguntando eso; de por sí ya me parecía algo extraño el profesor. Tuvieron que pasar varios meses y que mi cuerpo desarrollara ansiedad para entender cómo se debe enfrentar un gorila. 

No puedo dormir. Tuve pesadillas. Mi respiración está agitada y siento que me voy a ahogar. 

La pesadilla fue tan horrible que mi mente no descifra si estoy en ella o he vuelto a mi realidad. No, no pienses esas cosas, mantente cuerda. Reviso las cuatro paredes de mi habitación. Mierda, sigue siendo de noche, me he vuelto a despertar a medio sueño. 

Llevo las manos a mi cabeza y la rasco con fuerza. Ahí está el gorila, paseándose por toda la habitación, es gigante, retumba el piso y vocifera con todos sus pulmones. 

Intento hacer ejercicios de respiración, pero es imposible. Me voy a ahogar. El gorila me está exprimiendo el pecho. Necesito calmarme. Mi respiración. Mi mente. ¡Rayos, debo calmarme! 

Toso mientras doy vuelta en la cama. No me gusta la oscuridad del cuarto. No me gusta ver la ventana que muestra los tejados. El gorila cada vez se hace más grande y estremece mi cama. Me voy a caer de la cama, ¡debo dejar de dar vueltas! 

¡Cálmate de una vez por todas! 

Empiezo a respirar lentamente con mi diafragma y mi vientre tiembla, tiembla porque no sabe si esta será la última noche que va a respirar. 

Trato de cambiar mis pensamientos, pero siguen siendo rápidos y no los entiendo. Estoy aturdida. Trato de cerrar los ojos, pero siento que todo mi mundo se está meciendo. Debo calmarme. 

Veo que el gorila se hace cada vez más pequeño, su pelaje negro lo hace ver más monstruoso que de costumbre. Me mira, se acerca como si quisiera olerme. Antes lo veía como un gigante, pero de un momento a otro se convirtió en un gorila, uno enorme que me quiere aplastar. 

Lentamente, como por arte de magia, el gorila se vuelve más pequeño y entre más lo miro, más se aleja en el diminuto cuarto. Se hace a una esquina y se acurruca, como si quisiera dormir. El verlo así me tranquiliza porque sé que ya podré dormir. 

Mi lengua calma mi boca seca. Escucho los ronquidos del gorila en la esquina de la habitación, dejó una de sus patas montadas sobre el escritorio del computador que se hace insignificante ante su gran altura. Intento crear saliva en mi boca, pero se me hace imposible, el susto que acabo de pasar me tiene aún aturdida. Creo que esta noche será en vela, como siempre. 

Qué decepción. Qué retroceso he tenido. 

***

Rasco mi cabeza y después me estiro en la silla del computador. Dejo salir un suspiro y parpadeo dos veces ante el lagrimeo de mis ojos. Tengo sueño, pero no puedo dormir. 

Vuelvo a teclear con rapidez en mi laptop y de fondo se escucha la canción “El extraordinario” de Sheila Romero. El gorila se encuentra detrás de mí mirándose en el espejo del tocador, no sé qué tanto me vigila, pero me tranquiliza que no grite, así podré trabajar con tranquilidad. 

Hace una semana comencé las inducciones en la universidad y necesito estar tranquila para poder realizar mis tareas diarias. Pero se me hace casi imposible si tengo a un gigante gorila siguiéndome a todo momento, ¿en qué instante se personificó de esa manera? No logro entenderlo, no logro entenderlo a él, ¿qué es lo que quiere de mí? 

Siento un empujón en mi espalda que me hace caer de bruces encima del computador. Rápidamente volteo a ver hacia atrás y veo que el gorila se ha levantado y me está sacando la lengua, ¡se está burlando de mí! 

Trago en seco y lo miro fijamente. Como si lo intimidara, se echa hacia atrás y se sienta cerca de la mesita de noche, toma el exfoliante de rostro y comienza a aventarlo al aire. Rasco mi cabeza confundida, ¿lo he intimidado? 

Me levanto de la silla porque mi madre me está llamando para que baje a almorzar. Encuentro a mi padre sentado en la terraza con un radio viejo escuchando Radio Galeón, informan que se han reportado veinte casos de COVID-19 en Santa Marta y que la clínica Cehoca tuvo que ser cerrada porque la fuerte pandemia infectó a todo el personal. 

Mi padre comienza a exclamar que esta ciudad no se preparó para enfrentar algo de tal calibre, que no hubo organización, que, como si fuera poco, ni las ayudas del gobierno las están dando, que él ha esperado por semanas para que le dieran un mercado, pero que ahí estaba, sentado comiendo el mismo almuerzo todos los días. Y que claro, él estaba mejor que muchos otros que no tenían ni un arroz con huevo, que por eso el señor del que hablaron el día anterior se suicidó porque no aguantó el tormento de todo lo que se estaba viviendo en la ciudad. 

Rasco mi espalda mientras camino hasta el comedor y me siento mientras mi madre me sirve el arroz con frijol, que esta vez tiene como diferenciador la ensalada de tomate y cebolla. Ayer comimos lo mismo, pero teníamos huevo. 

—¿Hizo avena? —le pregunto. 

—No, prepárala —pide mi madre mientras guarda la ensalada en la nevera—. Llama a tu hermana que venga a almorzar. 

—Está durmiendo —respondo mientras tomo una cuchara para comenzar a comer. 

—¿Todavía? 

—Sí, no pudo dormir anoche —explico mientras revuelvo mi comida. 

—¿Ya enviaste el correo al señor ese? 

—Sí —respondo mientras dejo salir un suspiro. 

Mi madre ha estado enviando mensajes a la empresa en la que trabaja porque llevan un mes que no le pagan el sueldo y eso la tiene muy estresada. El señor Carlos (a quien le envía los mensajes) dice que se espere, que tienen muchas solicitudes y que la empresa no da abasto, que ella no es la única que está en esa misma situación, que hasta él está igual, pero que hay que ser pacientes. 

Claro que yo entiendo lo que está sucediendo, ya las personas están demasiado estresadas por la situación. La vecina de al lado de mi casa apaga el televisor cuando comienzan a pasar el noticiero y exclama “coronavirus, coronavirus, como si no tuviera suficiente con mi presión alta”. Yo me siento afuera de la casa en una silla plástica y comienzo a hablar con ella para tranquilizarla, pero después sale su nieto Johan con rostro descompuesto y se sienta en el bordillo de la puerta mirando con tristeza el celular. Le pregunto qué tiene y me dice que no aguanta el encierro, que está aburrido de estar trabajando desde casa, que nunca imaginó que sería tan bueno viajar a las fincas —trabaja para un banco donde lo mandan a visitar a los campesinos que piden préstamos— y que le encantaba cuando sus clientes le regalaban mangos. La anciana exclama que tiene semanas que no se come un mango y mira a su nieto con tristeza, después vuelve a hablar y me mira con ojos intensos y dice que Johan siempre llegaba con un montón de mangos cada vez que viajaba. 

Ahora que estoy sentada en el comedor recuerdo que en días como aquellos que me sentía estresada me encantaba ir a cine o a la playa. También recuerdo que mi hermana me llamaba de improviso y me decía que la esperara en el centro comercial, que cuando saliera del trabajo llegaría allí y quería que comiéramos algo o viéramos una película. También mi vecina Natalia llegaba a mi casa con Duván —otro vecino— y me decía que fuéramos a la playa, que él pagaba los pasajes. 

Dejo salir un suspiro al recordar que ya el tejado no está sirviendo mucho para calmar a aquel gorila que ahora sigue a mi madre por todo el comedor y cocina; parece que este encierro nos va a volver locos a todos: somos unos enanos que no estamos preparados para enfrentarnos a un inmenso gorila. 

En la tarde aviento el libro que estoy leyendo sobre mi cama y me siento al lado. Observo a mi hermana que ha estado durmiendo todo el día; se anda comportando rara últimamente. Bueno, todos se andan comportando bien raros en estos días. La semana pasada escuché que rompían un vidrio y junto con todos los vecinos corrimos hasta el parqueadero y vimos a una mujer aventar una silla a una ventana. 

Dijeron que fue una disputa de celos, que estaba discutiendo con su esposo y por eso aventó la silla, otros dicen que se volvió loca, ¿cómo se le ocurre romper su propia ventana? 

Ayer fui a comprar a una tienda cerca de esa casa y vi la ventana rota, me pregunté si esto fue producto del gran encierro. Gran encierro, así lo he llamado y creo que se debería tildar a esta época así, porque estamos encerrados en nuestras pequeñas paredes volviéndonos locos. 

Estoy otra vez aquí, en mi habitación, a veces creo que repito mis pensamientos y me pregunto si antes ya estuve ahí, sentada, pensando lo mismo. Una vez una vecina me preguntó qué día era, que ya no sabía si era viernes o jueves y se veía algo nerviosa. Yo le respondí que era miércoles, que se calmara, que se sentara, pero ella dijo que no, que estaba cansada de estar sentada, que quería estirar las piernas. 

Ahora que estoy sentada en la cama me doy cuenta de cuán feliz era cuando salía. Cuando mi madre me decía que fuéramos a visitar a mi tía y yo le decía que no, que quería estar encerrada en la habitación y que ahora sería tan feliz de decirle que sí, que me espere un momentico para irme a cambiar.

Me levanto de la cama y salgo de la habitación, seguida por el gorila que se sube en las barandas de las escaleras y después cae con un sonido sordo a la primera planta. Al asomarme por la puerta de la sala, mis ojos se abren como platos al ver cómo todas las personas que están fuera de sus casas son seguidas por enormes gorilas. Algunos intentan aplastar las cabezas de las personas, otros están muchos más grandes e intentan subirse a sus hombros. Los humanos se ven con rostros descompuestos mientras caminan y son seguidos por los gorilas. 

Parece que todos seremos vencidos por los gorilas, ¿o seremos capaces de vencerlos? Quién sabe… 

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