Por: Mauricio Aldana*
Cuando era niño y me iba con mis amigos a elevar las cometas que habíamos hecho hacíamos algo que ahora se me antoja un tanto extraño. Cuando las cometas estaban tan alto que habían agotado lo largo de nuestras madejas, le enviábamos telegramas por medio de la pita. Quizás queríamos que no se sintieran tan solas allá en sus oasis flotantes.
Era algo muy sencillo. Tomábamos un papel del tamaño de una servilleta y lo doblábamos en X. Luego hacíamos un delgada ranura a lo largo de uno de los pliegues hasta llegar al centro, lo poníamos en la pita, le dábamos un empujoncito, y lo veíamos deslizarse hacia arriba hasta llegar a la cometa con la fuerza del que abraza a un ser querido que regresó de sorpresa después de un largo viaje.
Siento que cuando hablamos o escribimos desde el corazón hacemos lo mismo. Enviamos telegramas por hilos invisibles hacia cometas que no vemos, pero intuimos. Nuestra imaginación es el viento que las mantiene elevadas. Cuando escuchamos o cuando leemos atentamente nos sorprendemos en medio de la casa de un alguien que nos dejó pasar y ahora nos señala un sofá.
Hace varios meses cuando El Observador sólo era una de los tantos pájaros en la cabeza de Andrés Wiesner, él me describió su vuelo al calor de un café. Me encantó. Yo la sentí como la calle bohemia de un pueblo donde la gente camina sin afán. Un lugar para mirar lo que los artesanos del alma hacen con su tiempo.
Tiempo después, cuando el pájaro decidió hacer de esta tierra su morada, me topé con Diarios de una Pandemia, una de sus tantas historias. Algo muy curioso pasa cuando vamos caminando por cualquier cuadra y vemos una puerta abierta. Un irracional impulso nos lleva a mirar hacia dentro. Es como si abrieran un cofre. ¿Qué esperamos encontrar? ¡Yo qué sé! De pronto una pieza más del rompecabezas que estamos continuamente armando.
Entré pues a los Diarios a dejarme encantar. Me senté a escuchar lo que generosamente me contaban y me conmovió. Personajes tan diversos navegando estas aguas extrañas con sus propias balsas de palabras. Todo nos une en la profundidad, definitivamente.
Usualmente, cuando encuentro algo que me gusta mucho me voy corriendo a contárselo a mi tribu. En este caso mi tribu son mis estudiantes. Me siento por ratos como un niño cuando encuentra una piedra rara y se la enseña a sus amigos a ver qué cara hacen. El cómo decidí mostrarles la piedra es otro cuento.
Una de las clases que dicto en la universidad se llama Speech. El objetivo principal de esa clase es cultivar la habilidad de expresarse oralmente en inglés. Hacemos ejercicios que buscan que nos sintamos dueños de nuestra propia voz.
Algo muy particular sucede cuando le pido a mis estudiantes que graben su voz y se escuchen. Usualmente es un ejercicio incómodo porque cuando escuchamos nuestra voz grabada, nos damos cuenta de que no suena como la imaginábamos. Frecuentemente la primera impresión no es agradable. Nos suena o muy aguda, o muy grave, o muy chillona, o muy apendejada, o muy un eterno etcétera.
Pasada ya esta primera conmoción empezamos a jugar un poco con las posibilidades de nuestra voz. En el juego encontramos que lo que nos seca un poco es tomarnos tan en serio.
Hablamos en clase acerca de la necesidad de ser vulnerables para poder comunicarnos desde nuestro hogar interior. Es casi poético que al acercarnos de esta manera a nosotros mismos, de manera indefectible empezamos a sentir nuestra verdadera voz.
Usando Diarios de una Pandemia como inspiración, le pedí a mis estudiantes que fueran a mirar los perfiles de sus escritores, escogieran el que les resultara más ajeno y leyeran lo que había escrito. Buscaba que al entrar a través de esas ventanas desconocidas quizás encontraran ecos de sus propias vidas.
Leer un diario es una oportunidad de adentrarnos en lo más intimo del otro. Escribirlo es un ejercicio que permite que nuestra mente deje huellas sobre el papel. Si seguimos las huellas de este insólito animal nos damos cuenta de nuestra idiosincrasia y al mismo tiempo, del espacio inmenso que tenemos para cambiar rumbos si así lo queremos.
Después de compartir en clase lo que mis estudiantes encontraron en los diarios, se me ocurrió que sería muy chévere, no sólo que leyeran lo diarios sino que le escribieran a los autores haciéndoles saber que habían dejado varios ecos en nuestra casa. Ellos aceptaron encantados. Llamé a Andrés a ver qué le parecía la idea y este texto es el testimonio de su respuesta.
Hoy me siento muy feliz porque por medio de esta constelación de voluntades hicimos que sucediera algo que nos ha hecho mucho bien a todos. Hoy hicimos de este mundo un lugar un poquito más amable y más fraterno.
*Profesor de la Universidad Colombo Americana


