Educar en el olvido

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Por: Beatriz Ospina


Beatriz Ospina fue participante de Enseña por Colombia, un programa que le permite a
egresados de diferentes universidades cumplir la labor de educadores en zonas remotas y
necesitadas de nuestro país. La pandemia interrumpió su proceso pero ella no estaba
dispuesta a quedarse con los brazos cruzados. Fue así como escribió el libro Educar en el
olvido, en el que narra a modo de diario su experiencia viviendo y trabajando por un año
en uno de esos barrios de la Cartagena olvidada. Con el libro buscaba recaudar fondos
con el fin de que sus estudiantes y otros estudiantes en condiciones vulnerables pudieran
tener acceso a internet hasta el final del año escolar. Estos son algunos fragmentos.


Capítulo III: Redefinir
Cumplí 6 meses de este trabajo increíble y duro. Seis meses en los que entre salones,
peleas, pataletas, gritos y risas pude resignificar algunos conceptos o ideas que tenía.
Aquí van algunos:

La lluvia: lluvia no es solamente agua que cae. La lluvia es la culpable de que se
alboroten los pelaos, se quiten los zapatos y las medias y salgan a bañarse. La lluvia es la
razón por la que las mamás se llevan a sus hijos del colegio temprano y la gente se
encierra en sus casas, no por miedo a mojarse, sino porque cuando llueve hay pelea de
pandillas en las calles.

La luz: luz no es el interruptor que prendía en Bogotá y sin importar la hora, o si estaba
lloviendo o haciendo calor, iluminaba cualquier bombillo. La luz es algo escaso y hasta
pasajero, que así como viene se va. Esos momentos sin luz, y por ende sin ventilador,
son momentos de intenso calor y a la vez, son momentos de silencio porque el parlante
del vallenato o el pico´ del vecino se silencian y es ahí cuando llegaba una sensación de
tranquilidad y paz a la que ya no estaba acostumbrada.

La seño: la seño para ellos es una persona con súper poderes: no le da hambre, ni calor,
ni sueño. Tiene que aprenderse los 400 nombres de sus estudiantes (y de los hermanos y
primos que estudian en el colegio), tiene que prestar un lápiz, mientras le dice al otro que
sí puede responder las preguntas que copió del tablero, mientras calma uno o más
intentos de pelea, mientras recibe y se come el mango que el otro le está regalando.
Porque si no pasan todas esas cosas al tiempo, va la pataleta y la mala cara,
acompañadas por un “seño es que usted me tiene en la mala, ya no le hago na`”.

Las mesas y sillas: estos muebles no son solamente componentes básicos dentro de un
salón de clase, aquí son privilegios -así como los ventiladores- y cuando faltan, se
mezclan el calor sofocante con las peleas por esas sillas y mesas. Dentro del mismo
salón hay unos pocos con esos privilegios mientras los otros sólo pueden desearlos;
Ejemplo de esto: mi salón tiene 45 estudiantes y hay 9 pupitres, así que el conflicto entre
los que escriben en las piernas toda la jornada y los que tienen su mesa está presente
cada día.

El hambre: el hambre es silenciosa, no se ve en la mayoría de los casos, pero así en
silencio altera comportamientos y actitudes. El hambre grita de desespero y, a veces,

cuando se confunde equivocadamente con indisciplina, trato de acallarlo hablando aún
más duro. El hambre es mucho más común de lo que creía y, en un lugar donde las
familias viven del rebusque diario, al hambre hay que esquivarla día a día.

Los estudiantes: no son los que se sientan en la sillas y oyen en silencio. No son los que
levantan la mano para hablar y muestran algún tipo de respeto por un profesor. Son los
que contestan mal, se insultan y se pegan. También son los que regalan mangos, hacen
fila para abrazarme cuando entro al salón y se pelean diciendo “no abraces a mi seño que
voy yo primero”. Son los que he aprendido a conocer y querer, conociendo también a sus
familias y su comunidad.

La escoba: en la Cartagena de colores la escoba tiene dos funciones principales dentro
del salón de clase, ninguna de las cuales es barrer. La primera es usarla en peleas para
darle un “escobazo” al oponente y muchas veces tuve que ver cómo se partía el palo de la
escoba a causa de los golpes. La segunda función de la escoba es usarla como excusa
para salirse del salón, “seño voy a pedir una escoba prestada pa´barrer el salón” y con
esa frase el estudiante tenía una razón para salirse hasta 45 minutos de la clase y para
volver con las manos vacías diciendo “no seño que nadie quiso prestar la escoba”.
Estas palabras, que aparentemente son sencillas y que tienen una definición objetiva y
específica, se resignificaron en la Cartagena de colores, porque acá las palabras no
existen por sí solas, traen consigo implicaciones y consecuencias culturales que ningún
diccionario puede explicar.

Capítulo VII: Encuentros
Fueron a buscarme, pero no para darme quejas ni para decirme que les habían fumado
algún lápiz, como era común que hicieran. Iban y me preguntaban con una incredulidad
que no les había visto antes: “seño ¿es verdad que sus papás van a venir?” yo sonreí
asintiendo y ellos atónitos se fueron emocionados y fascinados por la visita de los papás
de la seño. Me pidieron cepillos y colonia, se peinaron como no lo habían hecho en todo
el año y algunos preocupados me reclamaron que les había avisado muy tarde y no
habían alcanzado a motilarse.
Cada hora que pasaba se les hacía más larga que de costumbre y no paraban de
preguntarme cosas de mis papás (que ellos llamaban abuelos), tratando de imaginarse
esa gente de Bogotá que viajó hasta Cartagena con el propósito de conocerlos. Barrieron
el salón, ordenaron las sillas y mesas que había y se sentaron a esperar, mirando por la
puerta la llegada de dos desconocidos a los que ellos ya querían.
Cuando mis papás por fin cruzaron esa puerta y entraron al salón, empezaron a
aplaudirles con emoción, con amor. Cuando los aplausos se acabaron llegó un silencio.
Ellos con los ojos clavados en mis papás (como alguna vez se clavaron en mí) y mis
papás mirándolos sin saber bien qué hacer. Dos mundos que se encontraron en el
silencio de esas miradas. El silencio se rompió cuando los que son menos penosos
empezaron a saludarlos diciéndoles “ajá y entonce´” o diciéndoles “ay mis abuelitos” y se
saludaron como si se conocieran, recibiéndolos y aceptándolos en su mundo, en su
salón.
No sólo les mostraron el salón y el colegio, sino que salimos caminando todos juntos por
el barrio. Por ese barrio que ha sido mucho tiempo el escenario de violencias e injusticias,

pero que se convirtió en un espacio de encuentro y de conexión. Les mostraron a mis
papás la tienda, el abasto, la zapatería, la discoteca y el CAI. Al ir pasando por sus casas,
se despedían y seguían sonriendo desde la reja, gritando “chao abuelos”. Ver a mis papás
de la mano de mis pelaos, conociendo el polideportivo, la cancha de fútbol y las casas,
verlos caminar ese barrio que yo había caminado tantas veces me hizo entender lo único
y especial que era este encuentro. No se estaban reconociendo solamente mis papás y
mis estudiantes, se estaba reconociendo una Bogotá y la Cartagena de colores,
mirándose y entendiéndose, pero sobretodo, aceptándose.

Capítulo X: Reconocimiento
Los admiro. Admiro la valentía que tienen para cada día despertarse e ir al colegio,
algunos con hambre sabiendo que ese día no hubo para el desayuno y tampoco va a
haber plata para la merienda. Otros van a pesar de haber tenido una mala noche
durmiendo de a 8 o 10 personas en un cuarto. Van aún cuando no hay agua, no hay luz o
cuando llueve. Empacan la maleta en una bolsa plástica, se ponen una chaqueta y van al
colegio mojándose. Hay unos que no llevan maleta porque no tienen, pero llegan con el
cuaderno y el esfero en la mano y ese cuaderno se vuelve una mezcla de materias y
tareas que ni ellos entienden. Algunos caminan mucho para llegar al colegio y cuando veo
que llegan y se sientan fuera del salón, les pido que entren y me dicen “seño me estoy
reposando, es que yo camino 50 minutos para llegar”.
Admiro a esos que no se dejan encantar por la cultura de violencia, a los que no le ven
sentido a las interminables peleas entre pandillas y entre las diferentes manzanas o
cuadras. Admiro a esos estudiantes que quieren aprender, que se molestan y se frustran
ante un mal profesor y que me dicen “seño en esa clase no aprendimos nada’”.
Los admiro porque son pelaos que cada día luchan contra un contexto que no es fácil, un
contexto de violencia, de machismo y de hogares rotos, donde los persigue
constantemente la deserción escolar y el embarazo adolescente. Son unos valientes
porque están dispuestos a estudiar cuando en su entorno no están presentes los
beneficios y oportunidades que da ese estudio; y los admiro porque en medio de las
situaciones más adversas, llegan al colegio preguntando “¿seño y hoy que vamos a dar?”

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