Johana Bahamón ha dedicado los últimos seis años de su vida a brindar segundas oportunidades a las personas que están privadas de su libertad. Segundas oportunidades que se logran a través del arte.
Por Laura Díaz
A sus treinta años, Johana Bahamón dejó la actuación y se dedicó a llevar arte a las cárceles del país. Empezó con teatro, con un grupo de mujeres en la cárcel El Buen Pastor, y hoy, seis años después, con su fundación Acción Interna, puede decir que ha trabajado en veintinueve centros penitenciarios de Colombia.
Johana me citó a las nueve de la mañana frente a las puertas del Hogar Femenino Ipsicol. Era un jueves frío y yo sentía nervios, pues era la segunda vez que estaba en una correccional, y la primera no había sido nada agradable. La esperé quince minutos. Cuando llegó, me saludó con la misma emoción con la que saluda a las chicas y desde ese momento sentí el gran amor que tiene esta mujer por su trabajo.
Ingresamos a las instalaciones del lugar. Al comienzo, fue curioso ver tantos salones en tanto silencio. Cuando llegamos a un salón un poco más grande, ya se podían escuchar las risas de las chicas. La estaban pasando bueno. Entramos y podía sentir sus miradas sobre mí, hasta que desde el fondo se escuchó una voz preguntar: “¿Y quién es ella?”. Johana me presentó, dijo que soy miembro de la Fundación Tiempo de Juego y que ese día iba a hacer parte de las segundas oportunidades. Ellas aplaudieron y ahí supe que esta experiencia iba a ser diferente.
Había una energía especial en el aire que me hacía sentir parte de aquello que se está formando justo en ese lugar. Ver la cara de ilusión de las chicas cuando Johana les contaba los grandes planes que tienen por delante. Ver en sus rostros la felicidad porque realmente sí están haciendo algo por ellas, que no las han olvidado allí dentro.
Ese día estaban en una sesión de spa. Se sentían especiales y decían que aunque estuvieran allí dentro no tenían por qué dejar de ser lindas. Por un momento se me olvidó que estábamos en una correccional, pues la energía del sitio era muy alegre. Miré a Johana y en sus ojos se veía reflejada una mezcla de emociones, de felicidad y de orgullo de ver cómo un proyecto inicialmente sencillo se había convertido en algo tan grande.
Mientras que las mujeres disfrutaban de sus mascarillas me senté a hablar con ella. Me dijo que haber visitado la cárcel la primera vez para ser jurado de votación ha sido una de las mejores decisiones de su vida. Que a raíz de ello, hoy cuentan, por ejemplo, con la primera agencia de publicidad dentro de una cárcel, en la cárcel La Modelo. A esta experiencia también asistí y pude ver que, para querer superarse y lograr metas, lo único que se necesita es apoyo.
Para Johana es un orgullo, además, ver cómo un proyecto entre correccionales da frutos, como es el caso de la integración de la cárcel El Redentor y el Hogar Femenino Ipsicol. Los internos de la primera producen el pan y las galletas y las chicas de Ipsicol crean las envolturas para estos alimentos.
Otro ejemplo es el restaurante en la cárcel de Cartagena, en el que reclusas que están por cumplir su condena pasan la mayor parte del tiempo atendiendo el restaurante y cocinando para quienes desean vivir esta experiencia. Además de esto, realiza programas/actividades de yoga, teatro, talleres de publicidad y peluquería.
Johana habla con gran satisfacción y siente amor por cada persona privada de su libertad. Esto me hizo pensar en la Fundación Tiempo de Juego, pues aunque son dos instituciones totalmente distintas, hay un factor común entre ellas: el querer ayudar a los otros sin importar su pasado. Tiempo de Juego hace también arte en la Fundación Semillas de Amor: un internado para mujeres entre los once y los dieciocho años que se especializa en manejo de chicas con historia de consumo de sustancias psicoactivas, y con los talleres de Tiempo de Juego ellas sienten que tienen una segunda oportunidad a través del arte.
De repente, una de las internas se me acercó y me empezó a hablar, me contó su vida y cómo era ella antes de entrar aquí. Luego de contarle un poco también de mi vida, me dijo una frase que confirmó que las segundas oportunidades sí existen y que proyectos como los de Acción Interna y Tiempo de Juego sí están marcando la diferencia. Le pregunté: “¿Qué quieres hacer cuando salgas de aquí?”, y su respuesta fue: “Lo que me pongan a hacer, porque cuando salga estoy dispuesta a hacer de todo, a estudiar de todo, estoy dispuesta a salir y a comerme el mundo, porque sé que yo puedo”.







