Mauricio Reyes

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72 años
Desde su apartamento en el norte de Bogotá

Mayor de setenta, “abuelito” de 6 y otro en camino, ha encontrado en su casa, sus libros y su música, la libertad y el sosiego que tantos anhelan. Lecciones desde el séptimo piso, para los que se están ahogando en el encierro. 

DIARIO DEL CONFINAMIENTO VISTO POR UN ADULTO MAYOR

El presidente de la República, en una de sus últimas alocuciones presidenciales, nos dice que está sumamente preocupado por nosotros los abuelitos, porque nos considera la parte de la población más vulnerable y porque se siente en el deber patriótico de protegernos del virus invisible, por encima de todos los demás. Por eso, para cuidarnos, nos receta por decreto un enclaustramiento preventivo de dos meses y medio, hasta el 31 de mayo, si las cosas salen bien, prorrogable indefinidamente, si salen mal. No deja de conmoverme la infinita ternura del primer mandatario cuando se refiere a nosotros, los mayores de 70 años, como los “abuelitos”. Pero hay algo que no deja de molestarme y no sé por qué, pues tengo más de setenta años y soy también un feliz abuelito. De repente es por el tono paternal con que lo dijo. 

DÍA UNO

No sé ustedes que piensan de la reclusión forzosa, ustedes los jóvenes menores de 70 años, los que trabajan todo el día fuera de la casa, los que viajan, los que se mueven por todas partes debido a su trabajo u oficio. Una frenada en seco de esta naturaleza seguramente, pienso, no deja de afectarlos negativamente. Se sentirán maniatados, limitados, confinados al aburrimiento creciente, debatiéndose entre las cuatro paredes de su casa. Estarán malhumorados, se lamentarán de la situación, les echarán la culpa a los chinos, a los turistas italianos y españoles, al defectuoso sistema de salud. Su día uno es como el del pájaro recién enjaulado, que da vueltas y revueltas y no se encuentra nunca. Desazón, inquietud, incertidumbre, disputas conyugales, sobre todo cuando el elemento económico aprieta. Mi día uno es apacible pues ya estoy acostumbrado a mi casa, a mis libros, a mis discos, a mis series de televisión, a compartir espacio con mi señora, también felizmente confinada, y a recibir puntualmente, el primero de cada mes, un dinerito de pensión. Pero la reflexión más importante que quiero hacer tiene que ver no tanto con las cosas materiales externas, esas que pueden distraernos o aliviarnos, matar el tiempo. Los famosos “pasatiempos” que tienen que ver con los crucigramas, los rompecabezas, los juegos de salón, las barajas, etc. a manera de distractores. No, tiene que ver más bien con si tenemos o no nuestro propio mundo interior, con todo ese bagaje que hemos acumulado a lo largo de la vida en valores, en saberes, en discernimiento, en riqueza espiritual, todo ese universo humanístico que nos permite vivir satisfechos con nosotros mismos y en relativa paz. Si podemos navegar tranquilos porque tenemos ese mundo interior, estamos salvados. Todo lo demás es superfluo y efímero.

DÍA DOS

Amanezco recordando una frase del director de cine sueco Ingmar Bergman cuando dice que “envejecer es como escalar una gran montaña; mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. Tiene razón. Frente al confinamiento, por su mismo carácter de inevitable, hace que rápidamente podamos comprenderlo, validarlo y aceptarlo, acomodándonos de buen grado a él. Si lo enfocamos positivamente, tenemos por delante todo el tiempo del mundo. Algo que siempre habíamos querido, tener para nosotros todo el tiempo del mundo.

Para empezar el día dos, decido poner orden en mi escritorio, en mis archivos, en mis papeles personales. Nada más liberador y gratificante que botar todo lo que hasta hoy nos parecía imprescindible. Lleno varias bolsas de basura y siento que estoy como desprendiéndome de un pasado que ya no me concierne. En cada documento, en cada folder que rompo siento que me voy alejando de una época de trabajos y compromisos, de obligaciones profesionales, y no dejo de sentir un refrescante alivio. Reviso todos los cajones del escritorio y me doy cuenta de la cantidad de cosas que uno acumula sin sentido y procedo sin pudor a mandarlas al purgatorio de la caneca. Me propongo esta tarea de limpieza pensando en que si me muero sin ordenar se van a encontrar con un escritorio caótico, de modo que mi plan es dejar lo estrictamente necesario. Mañana seguiré con mi closet. Es más difícil. Cada vez que me propongo salir de la ropa vieja, cada prenda que debería botar por desuso milenario me dice que le de otra oportunidad, que de golpe la puedo usar más, que todavía sirve. Como ven, tengo mucho trabajo en el confinamiento. Además, entre cien y doscientos libros aplazados que debo y quiero leer. Mañana será otro día y otro el afán. Lo mejor de todo, es que tengo todo el tiempo del mundo y que la salud me acompaña, tanto en el cuerpo como en el alma. Como estoy frente a mi escritorio, toco madera. Por si acaso.

DÍA TRES

Como madrugo lo mismo que todos los días previos al confinamiento y sigo religiosamente las mismas rutinas del baño, el desayuno, la lectura del periódico, la revisión del correo electrónico, el pago de las cuentas por internet, no reparo en que estoy confinado legalmente por mi condición de “abuelito”, título más amable al menos que ese calificativo tan desolador de “adulto mayor” con el cual nos clasifican los estadísticos. Por no decir los ancianos esos, o esos pobres viejitos decrépitos mayores de setenta. Pienso, en mi delicioso encierro, que los que recientemente superamos esa barrera, según las cuentas de hoy, nos encontramos en la infancia de la tercera edad, porque la cuarta empieza a los ochenta y la quinta a los noventa y la sexta a los cien. Como uno no tiene ya los años vívidos sino los que tiene por vivir, me considero un joven entre veinte y veinticinco años, si bien me va.

El closet me espera repleto de corbatas de todo tipo que he acumulado en tantos años y que ya prácticamente no uso, pero que no he sido capaz de botar. Empiezo mirándolas una por una y solo separo las que tienen alguna mancha de grasa. No me atrevo tampoco a sacar los zapatos. De los pantalones y camisas ni hablar. Los miro y remiro y los vuelvo dejar en su sitio. Pienso que como tengo todo el tiempo del mundo por delante, más bien mañana vuelvo tranquilo y escojo lo que debo dejar y lo que tengo que tirar. Esa vieja manía de aplazar la escogencia definitiva termina en que sigo acumulando y nunca salgo de nada. Supongo que algo hay de espíritu del coleccionista al que le cuesta un mundo prescindir de alguno de sus objetos. También lo digo por mis libros, pues cada vez que tengo que desprenderme de alguno, sea el que sea, siento como si me arrancaran un brazo. Hoy en mi tercer día de confinamiento decido aplazar lo de la ropa y más bien dedicarme a clasificar y ordenar temáticamente los libros de mi biblioteca. Me da para rato pues son muchos y tengo la oportunidad gratísima de repasar cuáles son los que tengo. Pero gracias al coronavirus, como tengo por delante todo el tiempo del mundo, lo puedo hacer con calma, morosamente, leyendo incluso el índice de cada uno y también, si me llama la atención, leer incluso algún capítulo. Mañana me dedicaré a clasificar mis discos, dispersos por toda la casa y aunque sé que están desuetos, pasados de moda, los sigo queriendo entrañablemente. Así somos los coleccionistas, tan tercos que cuando se nos mete una cosa en la cabeza es más fácil sacarnos la cabeza que la cosa.

DÍA CUATRO

Un día más de cuarentena y uno menos para guardar. Me levanto con el mismo ánimo de todos los días, prometiéndome a mí mismo (con quien ahora hablo mucho más y con más franqueza) no dejarme llevar por el pesimismo y la desesperanza, y mucho menos por la desazón y el pánico, sentimientos extremos que no dejo me invadan el alma, como pasa con el coronavirus, cuando logra penetrar impunemente en el cuerpo. Me lleno, desde que me levanto, de toda clase de ideas positivas, pienso en los libros que estoy leyendo (cinco o seis al mismo tiempo), en la música, especialmente la clásica que, por los avatares y rutinas de la vida, tenía relegada. Revisando mi discoteca me di cuenta de que tenía una colección de veinticuatro discos con la obra completa de Mozart, y me propuse oír uno diario, de modo que cuando los termine y los vuelva a oír en una segunda ronda, puedo completar de sobra el tiempo completo de la cuarentena. Me vino muy bien durante la semana santa la música sacra y litúrgica de Mozart, que es tan sobrecogedora. Durante el día, por obvias razones, consumo mucho tiempo frente a las pantallas del computador y del celular, pues a través de ambas me comunico con el mundo, con el país, con mis amigos, con mis clientes, y lo que más me interesa, con mi familia, con mis hijos, mis nueras, mi yerno y mis seis y medio nietos, el medio felizmente en camino.

¿Qué sería de nosotros sin la tecnología de las comunicaciones? Estoy dictando, para la muestra un botón, mis clases de Historia de las Ideas Políticas en la Universidad por la plataforma Zoom, que está revolucionando el mundo, y por ese mismo medio nos reunimos en familia periódicamente para vernos las caras y que nos las vean los nuestros. Del mismo modo, nunca como antes había recurrido tanto al correo electrónico y al bendito WhatsApp, uno de los inventos más extraordinarios y útiles, como lo fueron en su tiempo la imprenta y la brújula. Pertenezco a varios grupos de chateo en los cuales intercambiamos ocurrencias, ideas, reflexiones, fotografías, juegos, charadas, enigmas, videos de todo lo imaginable, canciones y conciertos enteros, lo que se ocurra. Reconozco y admito que se me ha desarrollado una cierta adicción, pero me digo: en estas condiciones ¿qué le vamos a hacer? Cada rato me dejo arrastrar por la curiosidad de saber qué está ocurriendo con el virus y de actualizarme respecto al número de contagiados y de muertos, así como para enterarme al minuto de lo que está haciendo el gobierno, de las nuevas recomendaciones que habría que acoger. Al atardecer, en el comedor, ponemos mantel, traemos dos barajas, libreta y lápiz, nos servimos un par de whiskies y nos dedicamos con mi mujer, mi mejor compañía, durante dos o tres horas, a jugar buraco, un sencillo juego de cartas que consiste en hacer canastas de siete cartas, formando tríos y escaleras, con la anotación final de que siempre me gana. Al terminar el juego nos damos cuenta de que ya son las once de la noche, que le hemos ganado un día más a la pandemia, que seguimos sanos y que mañana es un nuevo día.

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