Pedro Noli

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38 años
Desde su apartamento en el Barrio Sur de Tucumán Argentina

Pedro es periodista, de los buenos. De esos que cuentan lo que pasa en los entreactos de la vida. Lo ha demostrado en su paso por diarios como el Tribuno de Salta, el Clarín de Argentina y El País de España, así como en sus libros y en su perfil de facebook. Es amigo de la casa desde siempre, tanto así que ‘Piñas,’ el primer arquero en la historia de Tiempo de Juego, tuvo unos guayos gracias a él. Para el libro La Pelota de Trapo publicado por Labzuca, escribió sobre cómo Quibdó es menos trágico gracias al fútbol. Desde un otoño frío que recién llega a la Argentina, Noli, nos envió su diario.

MIÉRCOLES

Vivo solo en un departamento que tiene un balcón que mira al cerro. Mi mamá es una señora de 70 años que vive sola en una casa al pie de ese cerro, a unos 20 kilómetros de aquí. Hoy me contó que descubrió a una rata escondida detrás de las cajas del cuartito de la cocina. Me dijo que no sabe cómo matarla. Tiene queso, pero no tiene una trampa ni el veneno y, por la cuarentena, están cerrados los negocios cercanos a su casa donde podría comprarlo. Sólo abren los supermercados, los almacenes de barrios y las farmacias. 

Hace tres días que no salgo. Casi nadie sale. Pero decido bajar al almacén que tengo en frente a preguntar si tiene veneno para ratas. Me cuenta el almacenero que durante la cuarentena ha vendido mucha cerveza, quizás el doble de una semana cualquiera, y que hay vecinos que han optado por hacer las compras grandes ahí mismo en vez de en el súper, una idea que se ha replicado en el país para ayudar a los comercios pequeños. El almacén es variado, tiene lo necesario: fideos, fiambres, leche, detergente, pero no tiene veneno para ratas. 

La idea de mi mamá, entonces, es trocear el queso y servir los pedacitos en el piso de tal manera que formaran un camino hasta el jardín. Luego se iría a su habitación con la esperanza de que la rata los comiera uno por uno, hasta cruzar por una cuadrícula de la puerta enrejada, y así quedaría afuera de la casa.

Pensé que su plan podría fallar porque, en caso de que la rata terminara el camino, nada garantizaría que no volviera adonde había encontrado comida, a olfatear sobre las mismas baldosas blancas y amarillas impregnadas aún con olor a queso. Imaginé a la rata moviéndose por los rincones de la cocina, contaminándola, emitiendo algún virus desde su pelaje gris, largando parásitos, bacterias, suciedades o lo que fuera que vaya a enfermarla al día siguiente, cuando se prepare el desayuno.

Durante los 12 años que viví en esa casa, nuestro perro salchicha cazó ocho ratas, por lo menos. Aparecía con el animal colgando de su mandíbula. Nos mostraba el trofeo y después lo dejaba tirado en el césped. Ocho veces hizo eso; llevé la cuenta con risa. Jamás me preocupé por si una rata podría enfermar a mi familia, jamás las imaginé tan repugnantes y tan dañinas como hoy.

Jamás les temí como hoy, cuando las noticias hablan de un hombre de clase pudiente que violó la cuarentena para salir a pasear en bicicleta y en su recorrido insultó al portero de un country que no le permitió el ingreso; de la médica que dejó su departamento luego de que recibió una carta por debajo de la puerta, donde los vecinos de su edificio la amenazaban con denunciarla penalmente porque los podía contagiar; de los funcionarios municipales que la Policía encontró jugando al paddle y que fueron despedidos de su cargo. Del nuevo caso de coronavirus en Tucumán, el número 29, un joven de 24 años que había viajado por México y Chile y cuyo resultado positivo se suma a los 1894 de todo el país, de los cuales 356 personas se han recuperado y 79 se han muerto.

Le propuse a mi mamá, entonces, dejar la rata encerrada en el cuartito hasta encontrar otra manera de exterminarla. 

JUEVES

El cerro está limpio, oxigenado, celeste. Y hay sol. Saco las plantas al balcón.

Hay una, pobrecita, que ha quedado casi pelada. Sólo tiene una rama con hojas. Pregunto qué hacer con ella. Me recomiendan sacarla de la tierra, cortarle la rama y ponerla en un florero, algo que nunca hice y que suena como una tarea simple, pero que es un corte en una vida. Hasta ahora, mi relación con las plantas ha sido regarlas y buscarle un lugar donde se vean lindas y les de buena luz, nada más. Pero algo falló con esta plantita. Por primera vez, luego de 20 días de estar encerrado en mi departamento, me importa.

No todos los encierros son iguales. El mío es un privilegio. Tengo mi propia habitación, unos pesos en la billetera y hasta de vez en cuando me doy el lujo de encargar helado por Pedidos Ya, aunque algunas veces tenga que esperar por la alta demanda en las heladerías.

Pero cerca de este edificio hay familias con casas pequeñas, donde duermen varios por habitación y donde la vereda es parte de su vida cotidiana. Y por ahí mismo fue donde, al comienzo de la cuarentena, la Policía corrió con palos y con armas a un grupo de niños y niñas que jugaba en la esquina.

En todo el país, desde que empezó la cuarentena, quince hombres han matado a quince mujeres en sus propias casas. El último caso ocurrió en Buenos Aires, delante de la hija de la pareja, un niña de siete años.

Y tanto en Tucumán como en cualquier hogar argentino, muchos han encontrado en la tele un aliado en su encierro. La casa de papel está en primer lugar de popularidad en el país en Netflix, por lo menos cuatro amigos míos han escrito en Facebook que lloraron con la película Milagro en la celda 7 y mi viejo me ha recomendado Jojo Rabbit.

La tele ayuda, las plantas también. Me animo. Le corto la rama con un cuchillo de filo liso y la pongo dentro de un florero transparente y alargado. A cada rato miro si le crecieron los pelitos de las raíces. Le cuento a Gatita en qué ando. Gatita está lejos. Iba a venir para mi cumpleaños, pero no pudo viajar cuando, el 17 de marzo, suspendieron los aviones y los autobuses, días en que aparecieron los primeros casos de Coronavirus en las distintas provincias argentinas.

Gatita me dice: “esta cuarentena nos pone un espejo al frente. No hay posibilidad de hacerte el distraído con tu propia vida, ni tampoco dejar de poner en la balanza lo verdadero o los vínculos que importan. Y tiene sus bajones, también. Todas estas cosas son parte de un proceso. No aparecen al día uno de la cuarentena. Vos agarrás hoy una planta que está más cerca del arpa que de la guitarra. Hace meses que está así, pero hoy salís al balcón y decidís intentar, darle una oportunidad de crecer nuevamente de raíz”.

Miro otra vez el florero y el tallo sumergido sigue igual. Le busco un detalle que me indique algo, aún no se qué. Quizás es el interés de todo comienzo incierto. Le escribo a mi mamá. Me cuenta que un vecino le ofreció raticida en cubitos, que es muy efectivo, que después me avisa. Mediante un video, muestra el árbol de pomelos que tiene en el fondo. Están listos para cosechar los frutos de lo que alguna vez fue una plantita del tamaño de un meñique. Toma un gajo despacito, con cuidado. Y dice, sonríe, muestra: “¿ven? ¿se ve?” 

VIERNES

Con una botella de agua, voy al balcón. En los últimos días he notado que era costumbre mía beber ligero. Y que ahora mis tragos son más pausados, que mi vida está más lenta. Ya no tengo tampoco prisa para terminar el vaso cuando veo que le queda un tercio. Con el último poquito de agua me siento en la banqueta y me quedo en silencio.

Escucho los aplausos que todos los días empiezan a las 21. Están dedicados a quienes trabajan en los hospitales en esta cuarentena. Pienso si aún debe aplaudir alguna de las personas que firmó la carta para que la médica que se vaya de su edificio.

Minutos después habla el presidente Alberto Fernández por televisión. Muestra gráficos. Dice que la cuarentena está funcionando, que es un logro colectivo. Que, según cómo evolucionó el virus en los lugares donde no tomaron esta medida, tendríamos más de 45.000 contagiados de no ser por el aislamiento. Los casos de contagio hoy suman 1975.

Luego el presidente dice que hay que ganar tiempo para preparar los hospitales para cuando llegue el pico de contagiados y que por eso extenderá la cuarentena hasta del 26 de abril. Tiempo. Todo esto es tiempo.

El silencio y el tiempo libre de estos días han permitido que me encuentre en mis pensamientos.

Paso horas yendo por donde se va mi cabeza. He entendido que la maravilla está adentro de uno, y que muchas veces el ruido y la prisa cotidianos no permite que la encontremos. En la calma se ve más clara.

Me preocupan quienes no la tengan. Quienes la pasen mal, con susto, violencia, hambre y encierro. Quienes nunca, con cuarentena o sin cuarentena, han podido alcanzarla. 

Vierto el vaso en la maceta y recuerdo que la última vez que ví a mi mamá el pomelo no tenía frutos y que Gatita ya postergó tres veces la fecha de su vuelo debido a las extensiones de la cuarentena.

Confiar en que es natural: la plantita del florero necesita tiempo y, en estos días, el amor, distancia.

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