Que truene el fútbol

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Puerto Tejada, Cauca. COLOMBIA. Abril 20, 2018. - Photo: Christian EscobarMora / MIRA-V

En medio del Catatumbo, una de las regiones colombianas más golpeadas por el conflicto armado, Carlos* siguió un camino diferente al de la mayoría de sus compañeros. Vea cómo su resolución y el fútbol fueron la clave. 

Tierra del trueno, ese es el significado de la palabra Catatumbo en lengua barí, la de los indígenas motilones. Fue ahí, en esa región de diez municipios ubicada en plena Cordillera Oriental, donde el conflicto armado descargó buena parte de su cólera. Esta tierra tronó por muchos años con el sonido de los fusiles, las granadas y las bombas. Aún hoy, los ecos de la guerra siguen retumbando. 

En 1999, los paramilitares llegaron a esta zona para quitarle a la guerrilla el control del narcotráfico y sus rutas de salida del país, pues se trata de una región fronteriza con Venezuela. Su primer blanco fue un corregimiento llamado La Gabarra, adonde entraron a sangre y fuego cerca de ciento cincuenta paramilitares, provocaron un apagón y asesinaron a treinta y cinco personas en un solo día. 

Carlos López* aún no había nacido cuando eso ocurrió, pero sus padres fueron testigos de la masacre, y del dolor y el miedo que causó. Ellos, civiles inocentes, tuvieron que esconderse donde un vecino porque les dijeron que a él lo iban a matar. ¿Por qué? Porque sí. 

Y “porque sí” el conflicto armado dejó en el Catatumbo 219.000 personas desplazadas, 17.000 muertas y 3000 desaparecidas, según el registro oficial de víctimas. 

Años después de la masacre, los padres de Carlos decidieron irse a vivir a El Tarra, otro municipio del Catatumbo, que aunque también era territorio en guerra, los hacía sentir más tranquilos.

Para llegar hasta allá, se necesitan ocho horas en carro desde Cúcuta, la capital del departamento. La mitad del camino se hace por carretera pavimentada, pero cuando esta se termina pareciera que terminara también el Estado, la legalidad. De ahí para adelante la carretera es destapada, los carros se tanquean con gasolina ilegal -traída de Venezuela- y las montañas están tapizadas de cultivos de coca.

Según el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos, El Tarra es uno de los diez municipios con más cultivos de coca en el país, con 4301 hectáreas. La coca ha permeado su cultura, su idiosincrasia, y es la razón por la que la paz resulta tan esquiva en esta zona. 

La excepción a la regla

Hoy Carlos tiene diecinueve años y está a punto de graduarse del único colegio del pueblo. Se demoró en hacerlo porque durante cuatro años estuvo raspando hoja de coca, como lo hacen muchos de sus compañeros. Dice que se metió en eso por ayudar a su familia, pues tiene diez hermanos y muchas necesidades. Como era ágil, se hacía hasta 100.000 pesos diarios, es decir, dos millones mensuales (625 dólares), nada mal si se tiene en cuenta que el salario mínimo en Colombia es de 828.000 pesos (255 dólares).

Lo peor de ese dinero “fácil” es que los jóvenes no lo usan para salir de ese círculo de violencia del que son víctimas. Normalmente se lo gastan en los billares, que abundan en todos los pueblos de la región y que solo les ofrecen alcohol, apuestas y mujeres, a veces niñas, a las que les han enseñado que es mejor ganarse la vida vendiendo su cuerpo que estudiando o trabajando. Y por eso mismo, muchas menores venezolanas han llegado en busca de sustento para sobrevivir. 

Pero Carlos es la excepción a la regla. Él sintió que ese no era el camino, que seguir por ahí no le iba a permitir cumplir su sueño de estudiar administración de empresas y de tener una familia. Por eso dejó el trabajo de raspachín, volvió al colegio y gracias a su pasión por el fútbol conoció la Red Fútbol y Paz, específicamente el proyecto Construir Jugando con la Selección, operado en El Tarra por las fundaciones Fútbol con Corazón y Juventud Líder. 

Desde hace poco más de un año, este proyecto ha permitido que más de ciento treinta niños de la región tengan una opción diferente, saludable y divertida de pasar su tiempo libre. Como Carlos, que pudo volver a las canchas, esas de las que tuvo que huir cuando niño por el sonido de las ráfagas de fusil y el peligro de una bala perdida, esas que un día lo pusieron a soñar con ser futbolista profesional y que ahora le brindan una oportunidad. La oportunidad de divertirse, de viajar y de ayudar a otros, pues desde hace unos meses se convirtió en monitor del programa y allí descubrió que tiene una gran capacidad de liderazgo que puede utilizar para enseñar y guiar a los más pequeños. 

Enseñarles, por ejemplo, que el fútbol no tiene género, raza ni condición social, que a través del mismo se aprenden valores y habilidades para la vida, que se puede jugar sin árbitro y celebrar el gol del oponente y que, así como es posible cambiar el juego, es posible cambiar la vida. 

*Nombre modificado

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