Sebastián Rendón

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30 años
Desde el el amplio salón de una casa colonial esquinera conocida como “El Habitante”.

DÍA 1

Una casa colonial esquinera en plena plaza central de Ciénaga me recibe para dar inicio a todo este proceso de aislamiento preventivo. Desde afuera se percibe imponente, con sus ventanas selladas en hierro forjado, puertas altas en madera como es costumbre en una casa antigua, un balcón en forma de L que por un lado da a una calle y por el otro tiene una hermosa vista a la plaza Centenario, la cual, además de estar en remodelación, ostenta decenas de almendros, palmeras y manguíferas que sirven de hogar para cientos de iguanas que ocupan sus copas, unas cuantas ardillas y eso sí, muchos nidos de pájaros. Un templete en el centro adorna con su estilo neoclásico una blanca iglesia y a su lado, un monumento bastante peculiar en el que se aprecia la figura casi femenina del cantante Carlos Vives, quien en un gesto de recibimiento estira sus brazos para sostener una guitarra de las manos de quien en vida fue el maestro Guillermo Buitrago, compositor de vallenatos, originario de Ciénaga.

De la casa solo sé que funciona como un espacio cultural y hostal, y ya desde afuera la alimenta la curiosidad que me producen las casas antiguas, me adentro para saber de ella aún más. Como es propio de estas casas, sus techos altos y algunos sutiles detalles me llevan a recordar inmediatamente la casa de mis abuelos. Comienzo a subir escalón por escalón no sin antes apreciar los zócalos, las pintorescas baldosas que a mi juicio
son mas antiguas que yo y, habiendo llegado al segundo piso me llama la atención media canoa que alguna vez surcó el Mar Caribe y fue sustento de alguna o algunas familias de la zona, y que ahora es un mueble improvisado que hace las veces de biblioteca, en donde residen libros infantiles, otros de superación personal, pero también literatura romántica como María, de Jorge Isaacs, o el realismo mágico que esconden las páginas de Cien años de soledad. Una vista panorámica de la plaza desde el balcón, habitaciones impecables, una cocina amplia con todo lo necesario para preparar suculentos platos, dos patios a cielo abierto, uno con una hamaca y un pequeño huerto improvisado y el otro con una mesa redonda y puffs rellenos de Icopor que cuando te sientas se adaptan tu forma, y también, colgadas en las paredes, una serie de fotografías impecables que capturaron momentos de niños sonriendo, en donde más que apreciar la imagen como tal se percibe claramente cuál es el alma del lugar en el que ahora estoy.

Me reciben con gran alegría. Pienso yo, que se debe a la guitarra con la que llego en mi espalda.

DÍA 2

Hoy despierto un poco tarde puesto que hasta largas horas de la noche un grupo de jóvenes estuvo amenizando las afueras de “El Habitante” con bases instrumentales de Hip Hop, en un semiritual de competencias líricas en el cual algunos con mas destreza gramatical que otros y acudiendo constantemente al recurso inagotable de la rima consonante, se hacen merecedores, al final de la “batalla “, de las reliquias de aplausos y aclamaciones de su entusiasmado público, al saber el resultado que un grupo de 3 o 4 jueces, valiéndose de una seña con sus brazos, determina.  Para mí ganan los dos, para mí ganan todos, pues están invirtiendo su tiempo en Arte y no sucumbiendo ante una pantalla hipnotizante o el sedentarismo propios de la región.

Hablando de pantallas es por estas mismas donde de a poco y durante el día nos llegan informaciones de medidas que está implementando el Gobierno en vista de la llegada al país de un virus del que hasta hace tres meses no se tenía ningún conocimiento, pero ahora está acabando con la vida de miles de personas en Italia, Francia, España y China en donde al parecer se inició, el cual ya había llegado a Colombia hacía pocos días

No es una sorpresa para nosotros notar cómo durante el día, al mirar por la ventana, las calles se van quedando solas. Calles acostumbradas a estar atiborradas de gente ya no lo están más, porque ahora todos se rehúsan a salir de sus casas atendiendo los requerimientos del Estado y de especialistas en pandemias, quienes a su vez y sin proponérselo, permiten ver una realidad que muchos de los habitantes de Ciénaga desconocían: la cantidad de personas que no tienen un lugar en el cual refugiarse.

Paulatinamente todo se fue desolando en un silencio profundo en el que intermitentemente, a lo lejos, se pueden percibir sonidos de aves refugiándose en su guarida, sirenas de automóviles, ladridos de perros y motocicletas fantasmas que poco a poco van desapareciendo de las calles y dejan un silencio tan profundo, que ahora me permite escuchar mi respiración, incluso a veces los latidos de mi corazón.

Pero sobre todo ese océano de pensamientos o preguntas sin respuesta que van surgiendo a lo largo del día, las cuales se convierten en motivo de debate en la mesa ya que estas medidas no solo parecían de principio un poco exageradas sino que también, y para infortunio de todos los que habitamos la casa, nos ponían ante la dura realidad de ver cómo de un día para otro todos nuestros planes terminaron convirtiéndose solo en eso, planes.

Como el de Lyderic, viajero francés que entró al país por el Amazonas y a solo tres días de estar en el Colombia se vio obligado a detener sus aventuras por esta tierra, o Sina, una alemana amiga de Anja -compañera de casa y gestora de Tiempo de Juego- que corrió con la misma suerte de Lyderic, o mejor dicho con la de todos, ya que todos nuestros planes se aplazaron o se arruinaron por completo, como un tour en el que venía trabajando hace tres meses y que tenía previsto hacer con mi música por Colombia. En fin, preguntas y preguntas surgen, pero creo que las más recurrentes durante todo el día son:

¿Cuándo terminará todo esto?

¿Cuándo volverá todo a la normalidad?

DÍA 3

Despierto este día con mi mente lejos, más exactamente en Cali donde se encuentra mi familia, y con el temor desmesurado que me produce pensar que tal vez no los vuelva a ver. En especial el temor de perder a mi abuela, que a su avanzada edad de 106 primaveras y 7 meses se encuentra postrada en cama desde hace ya un largo tiempo, tanto, que ya he perdido la cuenta y creo que puedo decir que está en cuarentena desde hace muchísimo. 

Ahora, mientras escribo y escucho de fondo música colombiana, esa misma con la cual Don Luis Adelmo -mi abuelo- deleitaba en vida el oído de todos, en especial el de Doña Florinda o Flor, como le decimos afectuosamente a mi abuela, pienso en ella, que precisamente dedicó horas y horas de su vida para enseñarme a escribir, a tener buena ortografía, a fomentar mi gusto por la lectura y también por su fe. Fe que nunca ha perdido y que quizá después de su muerte seguirá viva en muchos de sus descendientes, así muchos de nosotros la hayamos perdido por esa institución llamada Religión, a la que más que nuestra salvación pareciera importarle cuánto estamos dispuestos a pagar por ella. Esa fe que le fue impuesta y que nunca, por ser una mujer “obediente” (por no decir sumisa), cuestionó o se rehusó a adquirir de sus padres.

Si bien hace mucho tiempo deseamos que descanse en un sueño profundo, en paz y como merece por ser una mujer tan buena -y no lo digo por ser mi abuela sino porque en realidad fue una mujer comprometida y amorosa-, temo que eso  le suceda en estos tiempos, en los que este bicho (como le dice Pepe Mujica) ataca a los mayores a quienes no solo fulmina sino que también les impide, por cuestiones pandémicas, hacer parte de ese ritual extraño llamado velación y entierro, con una misa como Dios manda y que cuesta lo que el cura desee.

Esa imagen me turba el corazón, pues que no sería justo para mi madre Luz Amparo (nombre que por cierto la identifica), quien por más de doce años ha sido su fiel compañera, su protectora. No sería justo con mi madre tener que despedir a su madre de una forma tan fría e inhumana, como ha pasado ya con tantas víctimas fatales que ha dejado esta pandemia global en estos tiempos, desde que se originó en tierras asiáticas.

Comencé a escribir todas estas letras, estas palabras en orden, en medio de tanto desorden, que igual ha existido desde antes de que todo esto empezara. Justo ahora que algunos estamos lejos de casa, lejos de amistades, sin poder trabajar algunos, sin poder salir, o llevar esa rutina diaria y a veces frenética que para muchos demandan las responsabilidades, o a veces simplemente un frenesí de acumular y acumular cosas, ¡creyendo que eso nos va a salvar!

Me atrevo a pronunciarme en nombre de todos al afirmar que lo más importante no son las comodidades si el día de mañana no vamos a poder a abrazar a los nuestros. Que no existe suficiente dinero en el mundo que pueda hacer que una persona vuelva a la vida o se salve de sí misma. Que somos tan insignificantes individualmente, que situaciones como la que estamos atravesando nos enseñan, aunque sea por la fuerza, el verdadero valor y significado de estar unidos. Que si no aprendemos nada de todo esto estamos destinados, como humanidad, a un final fatal y trágico. Que después de esto nada va a volver a la normalidad porque precisamente lo que el mundo ahora más desea e intenta enseñarnos es que debemos cambiar, transformarnos, evolucionar, o finalmente desaparecer, quizá porque precisamente lo que más debemos aprender es… ¿Cómo ser más humanos?

Quiero que todo esto termine pronto para poder ver esta casa en todo su esplendor, repleta de niños creando, divirtiéndose, jugando, aprendiendo, haciendo uso de esos guayos donados que ocupan un rincón del Habitante y que estaban destinados a ellos antes de que todo esto pasara. O de los balones que se desinflan de tristeza al no tener con quién jugar, o de los libros que se ven aún más coloridos, como queriendo hacerse notar aún más. Ahora pienso que esta enorme morada, la que alguna vez se construyó con la única finalidad de ser habitada, hoy pareciera comprender que su destino ya no se limita solo a contener muros, puertas, ventanas y personas, sino que ansiosa, se ha hecho consciente de que es mucho más que una vieja casa. Ahora es una nave transportadora de sueños, un lugar de todos y todas los que quieran empoderarse de su territorio, una oportunidad de crecer desde adentro hacia afuera.

Y si bien no había sido un amante del  fútbol hasta llegar a esta casa, bendito sea el día en que una pelota de trapo, sin llegar a imaginárselo, fue motivo de reunión, de alegría, de unidad, de compromiso, de sana competencia. Pero lo que más sorprende es que, irónicamente, nos lleva, a jugar partidos con quienes menos pensamos (al igual que la vida), en esta gran cancha que se llama mundo, de la cual todos quieren sacar partido. Unos con faltas, otros jugando limpio, unos haciendo goles y otros tapándolos, y sin importar qué posición nos corresponda a la hora de jugar, hay que ponernos todos la camiseta y entregar el alma hasta el final. Hoy, con más deseos que preguntas, anhelo desde lo más profundo de mi corazón que sea que cuando sea que todo esto termine (y ojalá nada vuelva a la normalidad, porque entonces estaríamos igual que antes) siga girando la redonda.

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